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ISSN 1989-4163

NUMERO 70 - FEBRERO 2016

A Pagar la Cuenta

Rosa Mª Ortega

 

   Es bisiesto. Que lo sepas. Total, si no lo sabes, te vas a dar más que cuenta en cuanto cuentes 29. Que habrá quien cumpla añejos el 29 de febrero, digo yo. Y ese o esa sólo lo hace de cuatro en cuatro. Que anda que no se ahorra unas perras en festejos, porque si tiene que invitar a la comitiva a cena y copas, se gasta lo que no está escrito en los anales de la memoria. En cambio, bisiesteando, se lo salta y listos. ¿Pero qué pasa? Que este año no puede otear el horizonte de febrero en la retaguardia. Este año pringa, por más que quiera hacer mutis por el foro. El 29 le cae el Cumpleaños Feliz apoquinando convite y festín. Ahora, eso sí, como vaya mal de cuartos, le va a pasar lo que al par de dos de este mediodía en la caja del súper, que iba yo detrás y no me ha bajado el azúcar en sangre porque las venas no le han dado luz verde y no estaba de pasar, que si no, me da una lipotimia en la cola de caja.

   Te lo voy a contar, que a eso he venido, a contar chuminadas.

   Una pareja de tres. Él, ella y la baby en un cochecito color rosa y estampado leopardo. Que dime tú a mí en qué lóbulo cerebral albergas la cuestión del gusto para ir a Prenatal a llevarte un cochecito de esa guisa y tener los santos melocotones de salir a la calle a pasear a la criatura envuelta en leopardo y rosa. Eso, ya, de entrada, para echar de comer aparte al par de dos. Pero bueno, allá su arbitrio y antojos. Total, que llevan un carro que desparrama alimentos de primer, segundo y orden de fondo con la de pamplinas alimenticias que hacen bulto. Yo, en esas, he dejado ya de mirarme el whatsapp del móvil, para escudriñar las guarradas en conserva, precocina y envase al vacuo de los papis de la bebé leoparda, que me parece más interesante. Y ya que tengo que estar de pie, estática y en espera a que pasen el promontorio de artículos por caja, me entretengo. La cosa es que llevan unas salsas rarísimas de fultrofos que no he probado yo en la vida culinaria que me ha visto crecer y engordar (bueno, engordar, poco, que me cuido un rato), así es que me acerco diligentemente, a ver si puedo leer la etiqueta, pero la cajera destila una destreza a raudales y se da unas ínfulas y una prisa de la leche pasando productos. Y no me da tiempo de leer ná de ná. Que digo yo que ya me podía tocar a mí esa cajera con maña por los tiempos de los tiempos, en mis idas y venidas del súper, y no las que cobran habitualmente, que se liman las cejas (harto más parsimonioso que limar las uñas) entre salsa y salsa de conchilgajos. No sé qué son fultrofos ni conchilgajos. Me lo he inventado, con esta inventiva que tengo, porque esas salsas llevan trozos de cosas. Y como no sé qué cosas son y no he leído un carajo del etiquetado, pues los he llamado fultrofos y conchilgajos. Y ya está.

   Lo que te iba contando, que la pareja leopardera se ha puesto a meter todo su arsenal en bolsas, espoleando a la cajera a que pasara más envasados y pijotadas, y venga a pasar productos. Y venga a pasar. Y venga. Y. Hasta que han terminado con el último avituallamiento del carro: un saco de 5 quilos de comida para gato. O sea, tienen bebé y tienen gato. Ergo, digo yo que a lo mejor compraron el coche-pantera porque lo mismo meten al felino también y hace las veces de cuna y camastro gatuno. Vete a saber, la gente es más rara de lo que tú piensas, de aquí a Brooklyn, vamos (iba a decir Lima, pero es que está muy visto, y además, últimamente oigo hablar de Perú por todos lados, no sé por qué, así es que me ha dado por promover lo neoyorquino, que me gusta más y es más alto). Total, que ha llegado la hora de pagar. Y tú dirás: menos mal. Pues no. Menos bien, porque la cuenta les ha subido a 30 euros con 29 céntimos. ¿Y? Nada. Que se han puesto a sacar tarjetas de crédito por doquier de las carteras de él y de ella, y dejando aparte las que no han sido aceptadas, al final se han quedado con una tarjeta y una sonrisa de par en par en ambas bocas, convencidos ambos dos de que no hay nada irresoluble en esta vida. Craso error. Anda que no. Tarjeta no aceptada. ¿Por qué? Porque no tienen perras en la cuenta. Lo que yo decía, que al final han tenido que dejar los cinco quilos de miau miau y las salsas fultrofas, y eso les ha bajado la cuenta a 27 euros con no sé cuánto, y entonces ya la tarjeta ha dicho que sí, que ese dinerillo sí tiene. ¿Te crees tú que se puede ir así por el planeta Tierra? No es suficiente con pasear a la nena en un carricoche leopardaco, que también tienes que llenar un carro de la compra de salsas conchilgajas, que de alimento básico tiene lo que yo de groenlandesa, sabiendo que cuentas con 27 pavos en la cartilla? Pues así estamos. Viendo la vida pasar, en estas lides y circunstancias. Calla, que sigo. A lo Bugs Bunny. Aún hay más. Porque si de fúlgida pasta se trata, te cuento el capítulo de asistencia al surrealismo en sociedad de hace escasamente un mes. Ya verás…

   Cafetería. Noche cualquiera. Entre las 00h y la 01h. Extraña pareja de amigos con roce (no quieras que te lo explique), que no son los papis de la bebé-pantera, pero tienen un halo de grotesco y fantochada que no te lo acabas. Bien. Él pide café. Ella pide la carta. No quiere menú completo. Pero quiere un plato del menú, previa pregunta “cuánto cuesta un plato”. Una vez zampado, toca pagar. O a deber, oportunamente. Dejan recado en la barra: “ahora venimos, vamos a por monedas al monedero”. Salen en busca y captura de la guantera del coche, donde ella ha olvidado la cartera (sí, como te cuento). Él lleva tarjeta (casi seguro también lleva efectivo), pero pasa tres pueblos de pagarle el plato a ella. En esas ya, no sé si me parece más absurdo él o me parece más absurda ella. O la propia particularidad de la circunstancia. No te digo más. Así es el fuste de la vida. A veces…hay que pagar la cuenta.

 

 

 

A pagar la cuenta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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